jueves, 21 de septiembre de 2017

Un cuento



Érase una vez un país en que todos sus políticos eran honestos, justos, dignos de la confianza depositada en ellos, eran rectos, de trayectorias intachables, justos, racionales aunque sensitivos, prudentes no obstante provistos de audacia, reflexivos pero diligentes, congruentes con los ideales expresados, apasionados pero ponderados, previsores pero sin dobleces, sentían empatía hacia sus administrados, solo prometían lo que pensaban cumplir, vivían únicamente de sus parcos salarios, nunca buscaban protagonismo, ni popularidad, eran entrañables, cordiales, sentimentales pero ecuánimes, ilusionados con sus objetivos, para cuya consecución nunca desmayaban, no se dejaban querer por los mercado, no prevaricaban, ni se veían envueltos en cohechos, jamás mentían, no se sometían a los dictados del capital, aunque este se designara como economía global, no aprovechaban sus cargos para hacer proselitismo, ni se veían inmersos en prácticas de clientelismo, eran vehementes en sus compromisos, no eran sectarios con sus no votantes, siempre estaban en sus puestos, en cualquier momento recibían a sus administrados y les explicaban la labor que desarrollaban, no despotricaban cuando se les observaba algún error y ante todo eran eruditos, cultos instruidos y estudiosos. Dicen que ese pueblo vivió feliz a lo largo de toda su historia.
—Y eso ¿es un cuento?
— ¿Tu qué crees?
—Chino oiga.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un agradable recuerdo



Él, atónito, la miraba sin que su rostro denotara ninguna de las emociones que se habrían despertado en su interior tras las palabras de ella. La escuchaba atentamente, solo se le oía a ella, aunque como fondo parecía oírse el ruido de las neuronas de él trabajando a todo vapor.
—Quiero que entiendas —insistía ella— que el deseo que me guía es en bien de ambos y para que no se malogre es preciso que guardemos un buen recuerdo de nuestra relación. ¿Lo comprendes? para mí siempre fue imprescindible guardar un buen recuerdo de las relaciones que he ido manteniendo, hemos estado juntos más de cinco años y esa no es una experiencia como para tirarla por el sumidero, debemos conservar el recuerdo de esa unión con sumo cariño, es uno de nuestros tesoros. Hay que velar por los recuerdos agradables.
Calló y se quedó mirándolo, esperando que él dijera algo al respecto, pero él permanecía silente, imperturbable, aunque parecía que en su rostro empezara a brotar un amago de escéptica sonrisa
—Ahora comienza para nosotros una nueva etapa —continuó ella—. La vida es así, he sido yo, como podías haber sido tu, quien encontrara una relación que más satisfactoria, ¿Qué vamos a hacerle? Las cosas vienen así, yo lo hubiera comprendido si me lo hubieras planteado tú. ¿Qué opinas?
—Creo que lo que pretendes es despedirte, no plantear un referéndum. Tú ya has decidido lo que vas a hacer y sobre eso no tengo derecho a opinar, opinaré o no sobre lo que me interesa hacer a mí.
— ¿Me tendrás al corriente?
— ¿Es necesario?
—Creo que aparte de un buen recuerdo deberíamos mantener una comunicación… fluida, para que el recuerdo no se deteriorase.
Mientras ella hablaba, la expresión de él, a pesar de la incipiente sonrisa, se había ido endureciendo, hasta límites, que de haberse fijado ella, la habría alarmado, pero la atención de ella revoloteaba entre las maletas situadas sobre la cama y la pantalla de su móvil, que aún descansaba sobre el sifonier de roble, sobre el que había colgada aquella fotografía de grandes dimensiones en que la sonrisa de ambos competía en luminosidad con una puesta de sol de estudio que había a us espaldas, era la fotografía que había presidido gran parte de su vida, especialmente la parte más íntima de ella, era la primera imagen con que se encontraban al despertar o al concluir sus encuentros sexuales. Era un regalo que ella le hizo a él al poco de empezar la convivencia: fue cuando paseaban por el centro de la ciudad henchidos por su recién estrenado amor, ella al pasar ante un conocido estudio fotográfico, inesperadamente, lo empujó dentro y plasmaron la felicidad que desbordaban sus rostros en una foto de unas dimensiones tales que hubieron de recurrir a medios ajenos para transportarla a su nido de amor.
— ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—Estoy pensando que si lo que deseas es un buen recuerdo puedes llevarte esa monstruosa fotografía aunque creo que te podré ofrecer un mejor y más agradable recuerdo, uno de los que duran toda la vida.
Ella no comprendió lo que quería decirle, pero tampoco le preocupó demasiado no entenderlo estaba pendiente del poco tiempo que le quedaba hasta que llegara su nuevo amor a recogerla y las muchas cosas que aún tenía por preparar.

Él salió de la alcoba, sin mediar ni un reproche, casi sin que ella lo advirtiera y se dirigió a la única habitación de la casa que había conservado para su uso exclusivo: allí estaban todos los objetos relacionados con sus devociones, su emisora de radioaficionado, su banco de carpintero, sus discos de vinilo, los álbumes de equipos de futbol de su niñez… y su escopeta de caza. Abrió el armario de seguridad donde la guardaba, la sacó, desmontada como estaba, con mucho cuidado, se podría decir que con mimo la fue montando, comprobando al mismo tiempo su estado y limpieza, seguía igual que como la había guardado la última vez, hacía ya mucho tiempo, aun así retiró, con mucho cuidado, alguna mota de polvo, más imaginario que real, luego abrió el candado de una caja metálica que ocupaba la parte baja del armario, sacó distintas cajas de munición del 12, hasta que bajo todas ellas apareció una pequeña caja metálica, la abrió: contenía cuatro cartuchos, los observo con sumo cuidado, eligió dos de ellos, los limpió cuidadosamente con un trapo, cuando consideró que estaban todo lo limpios que podían estar los introdujo en la recamara de la escopeta, cerró esta, le paso el trapo por una imaginaria mancha en el guardamontes, miró a su alrededor, como comprobando que cada cosa permanecía en su sitio, cerró concienzudamente el armario del que había sacado el arma y con ella bajo el brazo volvió a la habitación en que la dejó preparando el equipaje.
Había terminado de preparar las tres grandes maletas, las había cerrado y estaban apiladas a los pies del lecho, en que tantos gozosos momentos habían disfrutado, estaba de espaldas a él y sin volverse le dijo:
—Me ayudaras a bajarlas ¿Verdad? Mañana o pasado volveré con ayuda para llevarme el resto de mis cosas.
Al volverse lo vio empuñando aquella horrible escopeta, palideció súbitamente, quiso decir algo, no pudo, se llevó las manos al rostro, tratando de protegérselo, trató de apartarse de él, retrocedió dando traspiés, tropezó con las maletas, cayó sobre la cama y sin poder apartar la mirada de aquellos dos negros agujeros.
— Te voy a complacer ¿Querías un recuerdo agradable? A ver si te sirve este…
Apoyó el cañón de la escopeta bajo su propia barbilla… los disparos lo llenaron todo… cuando el ruido se disipó pudo oírse el lastimero llanto de ella que no quería apartar la vista del rojo brochazo que atravesaba la fotografía, para no tener que ver el cuerpo tendido en el suelo.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Reseña sobre Colección de Quimeras y Momentos






¡Albricias! 

En esta ocasión alguien nos sorprende con algo infrecuente hoy en día, con una obra escrita para el lector activo o, como se diría en la actualidad, una obra interactiva, se trata de una lectura que sin dejar de serlo nos  sumerge en una serie de deducciones, se convierte en investigación, en una aventura... Ideal para el lector perspicaz

 Se trata de una colección, como la propia autora denomina, de breves textos, perfectamente zanjados, a pesar de su concisión, que describen con un vocabulario lirico a la vez que preciso las sensaciones de la autora frente a unas propuestas infundadas o unos hechos cotidianos, según la parte del libro en que nos hallemos.
La autora pretende  que el lector colabore con ella en la trascendencia de la obra, no por incompleta que, como hemos dicho, no lo está, sino para establecer una complicidad en el completo entendimiento de lo tratado, de cuya concreta identidad  ella alivió el título de cada capítulo de  la misma. El lector, abstrayéndose de la cotidiana rutina, puede captar el completo significado del escrito, al que se ha despojado de toda la palabrería baldía con que solemos describirlo, buscando referir solo su permanencia, su esencia.
Inicia la obra con una introducción reveladora de lo que nos espera y que desde su comienzo nos guía: “La mente reflexiona cuando, libre del entorno que la engulle, tuerce su mirada censurada”  la regla es clara: debemos desvincularnos de todas la distracciones que propicia el contexto en que nos desenvolvemos y centrarnos en lo que nos narra.
Designa los capítulos simplemente con numeración romana y entra directamente a describir, sin anunciar, lo que pretende, ensoñación u observación, dejándonos los datos esenciales y precisos del tema, no duda en ir desgranando indicios que como migas de pan nos encaminaran a lo largo del relato y nos conducirán a su entera comprensión.
Para esta nos deja meridianamente claras las pautas de lectura y después de las rúbricas de las dos partes en que divide el libro, nos da la clave de lo que vamos a leer: antes de la parte dedicada a las quimeras nos describe globalmente el advenimiento de esa parte del libro “imagen atrapada de escurridizos delirios. Donde se aleja la vigilia y se posterga la cordura”, con lo que nos anticipa, o recuerda, los materiales con se construyen las quimeras y entona el espíritu del lector para seguir en su lectura.
Cuando pasados quince capítulos entremos en el terreno de los momentos, también encontraremos las palabras mágicas que dan la clave de su lectura “Inequívoco ahora de elocuente turbación. Vacío infinito de exhausto discernir”  nos adelanta que entramos en la interpretación que la autora hace, no ya sobre ensoñaciones o propuestas imposibles, sino sobre experiencias y vivencias cotidianas, tratadas con el mismo sigilo que utilizó para las quimeras, aunque en este caso al tratarse de hechos más objetivos, más arraigados, nos resultaran más rápidamente identificables.  
La intención de la autora queda patente en el capítulo XIX, de los momentos, penúltimo de la obra, cuando al diferenciar sobre búsqueda y encuentro nos pone sobre la pista de la lectura que precisa este libro que transita entre las permanencias, lo invariable de sueños, realidades y la cotidianeidad de hipocresía y embuste. Necesita esta obra de una lectura activa, en búsqueda, evitando la pasiva del encuentro.
Es la “búsqueda” del lector, mediante una atenta lectura, un espíritu deductivo e interpretativo de lo que se lee, lo que precisa esta breve aventura literaria, en la que el lector, junto a la autora se convierten en protagonistas.
Todos los capítulos, sean de quimeras o momentos, resultan de la introspección de la autora que, como no podía ser de otra forma, termina abrumada por las miradas que confluyen en ella, en su interior, aunque admite que esa confluencia de miradas, que ella permitió e incluso pretendió,  en nada varían el rutinario devenir del mundo exterior.
Se trata de una obra rompedora con lo que estamos acostumbrados a leer últimamente y que incita a relecturas de la misma. Muy recomendable.
     Alberto Giménez Prieto

domingo, 27 de agosto de 2017

El día más feliz de mi vida



—Quiero denunciar a la iglesia, a los curas, a las monjas, al Papa de Roma y a la madre que los parió.
—Tranquilízate Fermín, ¿qué te ocurre?
—Me ocurre que me he pasado la vida atormentado por unas mentiras.
—Explícate.
El rostro del anciano mostró un adelanto del alivio que le suponía contarme aquello que lo reconcomía, se arrellanó en el asiento, rompiendo la provisionalidad con que se había sentado, se humedeció los labios, miró un punto del techo, que no logré identificar, e inició el relato.
—Contaba con siete años recién estrenados, estudiaba mi último año en las monjas, no se nos permitía más a los varones, la Primera Comunión era el hito delimitador y la tomaría al día siguiente. Hasta entonces siempre fui un crio alegre, despierto y espontaneo, quizá demasiado espontaneo en un sitio en que las sores se volcaban más en nuestra preparación para recibir el sacramento, que en que aprendiéramos las letras y los números, que era por lo que nos habían metido allí.
Comprueba mi atención.
—Nosotros, por el contrario, en lo que más empeño poníamos era en jugar, la primera obligación de cualquier niño, en las horas que nos lo permitían… también en las otras. Para las monjas no existía otro horizonte que imbuir en nuestras tiernas entendederas, aquellas tenebrosas y amenazantes cantinelas, que, sin entenderlas almacenábamos envueltas en el temor que nos despertaban. Eran nombres de conceptos desconocidos, aunque memorizados: redentor, pecado, pureza, obediencia, misa, espíritu santo, cruz, condenación, arrepentimiento, condena eterna, malas compañías, arrepentimiento, propósito de enmienda, infierno, acto de contrición y otras muchas tonterías que se amalgamaban con los miedos que nos espoleaban sus prédicas.
Tenía en sus manos un pequeño libro con pastas de nácar y cierre sobredorado.
—Era la víspera del que sería, según las monjas, el día más feliz de nuestra vida y tuvimos que hacer el primer pago de esa felicidad: había que confesarse. Yo me pregunto ¿qué podía confesar un crio con siete años recién cumplidos? El mismo sacerdote que nos preparaba para “el día más feliz de mi vida” —un capellán militar, que con bolos como aquellos ampliaba su peculio— nos informó de los pecados que habíamos cometido: ser desobedientes, rebeldes, mal hablados y rencorosos. Mientras esperábamos ante el confesionario nuestro turno podía vérsenos memorizar aquellos “pecados”, que contábamos ayudados con los dedos, tratando de no olvidarlos.
Sobre la cubierta del librillo un grabado religioso, bajo él se leía “mi primera comunión”.
—Llegó mi turno, me postré ante aquella cueva oscura y el cura, menos severo que usualmente dedicó más atención al contorno de mi rostro, que recorría manualmente una y otra vez, como si fuera ciego, que a lo que yo le decía. Una vez me hubo sobado, a conciencia, por supuesto, me absolvió y se ofreció a ser mi director espiritual para que acudiera a él en cualquier dificultad que pudiera experimentar, era muy amable y acercaba mucho su boca a la mía. Olía como papá cuando comía paella y tomaba vino los domingos.
Respiró hondo, a pesar de lo remoto de los hechos que relataba se le percibía intensamente acongojado.
—Después salí al patio. Marisa, una niña, amiga mía, que tomaría la comunión conmigo, estaba en la fuente, con la boca abierta, tratando de encauzar el chorro de agua que manaba del caño de bronce, como no llegaba tenía que apoyar su vientre en el borde de la pila presentando sus convexas nalgas cubiertas, por supuesto, por la mojigata falda del uniforme, a la malicia de los que por allí pasábamos.
Dejó el pequeño libro sobre la mesa, a mi alcance.
—Como dije, yo era muy impulsivo y no pude remediarlo y de un manotazo le levante la falda, dejando al descubierto unos discretísimos pololos, ella se revolvió encorajinada porque mi maniobra consiguió que se le mojara el cabello, arreglado para el día siguiente, me persiguió por todo el patio, como era normal entre nosotros, hasta que rendidos por el esfuerzo, nos dejamos caer junto al limonero y dedicamos las pocas fuerzas que nos quedaban a reír. Hasta allí se acercó una de las niñas mayores y me dijo que debía confesarme de lo que acababa de hacer: era un acto impuro.
La sonrisa que ha aparecido en su rostro no elimina completamente un pesar añejo que se esconde su mirada.
—Nos miramos Marisa y yo, volvimos a reír aunque menos jovialmente. Todas aquellas consignas sectarias que habían estado sembrando en nuestro ingenuo caletre eran el caldo de cultivo apropiado y terminó con nuestra alegría. En mi impresionable mente, empezaron a revolotear aquellos conceptos apocalíptico-religiosos que nos habían inculcado, sobre todos ellos sobrevolaba el más negro de todos: el SACRILEGIO.

Miré alternativamente el objeto y a su propietario, por la expresión del segundo entendí que debía tomar el primero, antes de que pudiera abrirlo reanudó el relato.
—Pensé en volver a confesarme, pero ¿De qué? No sabía de qué debía confesarme, si de haberle dado un manotazo a la falda, de haber mojado el peinado de Marisa o de habernos reído. Además me daba asco acercarme al capellán, era muy sobón y le había robado el olor a mi padre. El cura pasó poco después ante nosotros de camino a la calle. Ya no había posibilidad de confesión. Lo que me dijo la niña mayor fue como una bola de nieve que fue creciendo en mi pensamiento, pronto sus límites quedaron claros: el pecado era no haberme confesado de un pecado que no conseguía identificar y haber comulgado. Acabó convirtiéndose en un trauma que tardaría más de tres lustros en superar. La víspera del día más feliz de mi vida no pude dormir. Supe que estaba condenado al infierno sin remisión si tomaba la comunión. Pero no tomarla era defraudar a mi familia por la ilusión y los medios que habían puesto para que la tomara, si la tomaba estaría cometiendo un sacrilegio y nada podría salvarme del infierno. Al día siguiente tomé la primera comunión sin haberme confesado.
—Y no pasó nada ¿verdad?
—Ahora sé que no pasa nada, pero sería demasiado doloroso relatarte todos los sufrimientos que arrastré hasta que ya entrado en la veintena comprendí que aquello, como todos los ardides de las religiones, no era sino una forma de someternos, de aquietarnos. ¿Quién me va a compensar el sufrimiento que almacené durante esos lustros?
—Esa denuncia no tiene recorrido jurídico, no va a ninguna parte.
—Ya lo sé.
—Sí lo sabes porque has venido a contarme esa historia.
—Eres abogado ¿no?
—Sí.
— ¿Debes guardar el secreto de lo que se te consulta?
—Por supuesto.
—Pues eso, que desde hace sesenta años necesitaba confesarme, aunque fuera por lo civil y esto ha sido una confesión...
Abrí el pequeño misal, sus hojas estaban muy arrugadas y emborronadas por la humedad. Miré a Fermín y sus lágrimas dieron cumplida explicación del estado del pequeño libro.


viernes, 25 de agosto de 2017

El ocaso

Lo vio llegar atravesando el pequeño jardín, estaba esperándolo apoyada en la jamba de la puerta tratando de intuir lo que le diría, pero ni el rostro de él, ni su modo de andar revelaban nada. Resultaba muy difícil conocer lo que pasaba por su mente, si él no quería y por lo general no lo deseaba, ella estaba acostumbrada después de los treinta años que compartían. Lo miró con toda la fijeza e intensidad de que fue capaz, tratando de atravesar su circunspección, pero su esfuerzo fue vano. Pensó que quizá fuera que temía encontrar la respuesta.
Cuando llegó junto a ella, la besó, como siempre, tampoco de ese maquinal gesto le permitió extraer conclusión alguna. Estaba loca por saberlo, pero le daba pánico preguntarle, juntos se dirigieron al interior de la casa, él rutinariamente dejó la chaqueta en la percha, cogió el periódico, como siempre, y en pos de su mujer entró al salón donde les esperaban un televisor a medio volumen y un perezoso gato capado, que apenas abrió un ojo como especial saludo al recién llegado, nada parecía haber cambiado, pero ella, aún sin preguntar, seguía esperando que le dijera lo que consideraba transcendental para su vida.
 No le quitó la mirada de encima, aunque no se atrevía a hacerlo directamente, pero él parecía ausente. Tres veces inició la pregunta sobre lo que tanto la inquietaba, pero siempre, antes de concluirla variaba el enunciado de la pregunta hacia asuntos más banales, las respuesta no fueron menos triviales, sin que en el tono de él se apreciara algún timbre distinto que descubriera lo que ella tanto ansiaba conocer.
El miedo que tenía a preguntar no era menor que la necesidad que él tenía de contestar a la pregunta que nunca llegaba.
Y así pasaba el tiempo: la una sin preguntar lo que ansiaba y temía saber y el otro sin decir lo que ya le quemaba en la boca.
 Estaban sentados frente al televisor, separados tan solo por su silencio y el sueño del gato, él ojeaba el periódico, ella volcó su mirada en el televisor, aunque incapaces ambos de dedicar su atención a lo que tenían delante, a pesar de que eran sus entretenimientos favoritos. El pasó varias páginas del diario, sin dedicarles demasiada atención, hasta que lo dejó caer sobre sus rodillas y sin mirarla le dijo:
 —En todos estos años no hemos discutido demasiado, pero aun así, en este momento maldigo el tiempo que perdimos en esas discusiones. La vida tembló entre ellos, se sobrecogió el gato que con una velocidad que desmentía su emasculación y con el pelaje erizado abandonó su colindante posición, emitiendo un lastimero maullido. Ella ya no tuvo necesidad de preguntarle nada, en ese momento supo cuál había sido el resultado de la biopsia.

domingo, 20 de agosto de 2017

Déjâ vu

Cuando paseaba mi aburrimiento por uno de esos locales en que se diluyen los bites en un barroco gin-tonic hortofrutícola, escuché a dos hípster que comentaban la historia que, a su vez, les contó un bloguero sobre un sencillo blog que, según decía, con el tiempo se convirtió en la comunidad virtual de mayor implantación en el planeta. El blog iniciático lo fundó un tal Jesús, hijo de un carpintero sin posibles, que durante la era corruptiva, se enfrentaba a corruptores y políticos y que estos tratando de defender el muladar del que comían revolvieron sus iras contra el blog usando de todas las armas de que disponían, persiguiéndolos a muerte con sicarios traídos de quien sabe donde. Al parecer aquel blog, en sus inicios, consiguió un montón de “megustas” y doce seguidores, mucho para aquella época, De los seguidores uno de ellos negó su vinculación con el blog en tres ocasiones, antes de erigirse en cabeza de la comunidad que había negado, la que se creó a raíz del blog y otro lo repudió abiertamente, poco antes de que su fundador muriera en una encruzijada de maderos —Así lo pronunciaron—. Sus sucesores consiguieron llevar a lo más alto aquella comunidad que habían heredado, haciéndola más rica que el de Microsoft, a base de personalizar las exigencias del blog al gusto de los poderosos y estableciendo objetivos comunes con los mismos. Si no puedes vencer a los corruptos únete a ellos, decían. Algo en todo ello me sonaba, aunque se tratara de una comunidad de la que nunca oí hablar, me sonaba todo aquello. La busque en Wikipedia, en las AP de mi móvil y no encontré nada parecido, aunque sigo insistiendo, me suena de algo.

martes, 15 de agosto de 2017

Gafe

La algazara que reinaba en el chigre cesó de inmediato cuando Félix entró, un movimiento espontaneo dejó libre la parte izquierda del mostrador de mármol, en algún tiempo blanco, los parroquianos, en silencio, se desplazaron al otro extremo del mármol, la parte dedicada a la venta de los pocos alimentos que se vendían allí, nadie permaneció junto al poyo en que Félix acomodó su cojera. —No hace falta tanto sitio, soy cojo… no gordo. Nadie le contestó, ni el tabernero, que le sirvió un vino y se retiró al rincón. Los parroquianos, que formaban un grupo en que todos hablaban y alguno escuchaba, formaban ahora varios grupos hablando por lo bajo, especialmente para un sitio como aquel. El único forastero preguntó a su acompañante: — ¿A que vino esa espantada? —Ye (es) Félix el gafe… —señalando al recién llegado. — ¿Gafe? ¿Jacinto, crees todavía en eso? —Emilio, tú también creerás cuando lo conozcas. —Todo eso son tonterías propias de la incultura y tú como maestro del pueblo… —Permitirme que tercie —Es Lucas alcalde y cronista del municipio—Jacinto va sobrado de razones para pensar así: La madre de Félix faltó en su parto. —Eran otros tiempos… —A su padre y su hermano se los llevó la mar cuando él no levantaba dos cuartas…. —Esta es una aldea marinera y el mar… —Le adoptó un pariente lejano, que acabó siendo su suegro cuando Félix preño a su hija, que las casamenteras ya dejaban para vestir santos. Su padre adoptivo y suegro también murió en la mar… pero no ahogado, sino por la explosión de un cartucho de dinamita que Félix manejaba para pescar y que se le llevó la pierna y al suegro. —Bueno… fue un accidente —Emilio empezaba a violentarse defendiendo las desgracias que circundaban a Félix. —Se casó con su hermana adoptiva y al poco esta murió en el parto llevándose con ella a la criatura. —Es que no tenéis ni ambulatorio… —Ambrosio, que aquí mismo le aceptó un vino, encalló el barco en el bajío de la entrada al puerto, increíble en alguien de su experiencia… —Todos tenemos descuidos… —Pero cuando tenía el barco en dique seco para repararlo le ardió completamente y no tenia seguro… —Sigo insistiendo en que más que mala suerte, se tratan de casualidades que se relacionan con una supuesta actitud, que puede ser de Félix o de los que lo observan. Y no lo digo gratuitamente, si Félix me invita a una copa pienso aceptarla… Pareció todo estudiado, en ese momento el cojo preguntó a Emilio: —Usted no es de aquí ¿Verdad? —No señor, pero lo seré, compré el vivero al viejo Matías. ¿Va a dedicarse al marisco? —Sí, en eso he invertido cuanto tenía… —Así me gustan los hombres… no como estos babayus (engreídos) que esconden sus miedus tras los sayus (faldas) de la mala suerte, en lugar de admitir que meten la pata, como la metí yo, y así estoy —se rio de sí mismo— Me presta (agrada) invitarle a un vino, a usted y a la compaña. Repentinamente el ambiente aún se enrareció más, muchos de los presentes hallaron la razón precisa para abandonar el chigre sin que su hombría desmereciera, cinco quedaron en el local, tres mostraban en su rostro su rechazo a la invitación. Emilio leyó en sus semblantes la negativa a aceptar la invitación. Entendió las miradas, es más el miedo había socavado su voluntad conciliadora y le empujaba al rechazo, ideó la excusa perfecta: como aún no había tomado nada, podía decir que debía seguir en ayunas para una prueba médica. —Con mucho gusto aceptare su invitación —Se oyó decir a si mismo, contra lo que había pensado… Todo fue rodado, se encontró, a solas, con Félix, los otros tres habían salido más rápido que se escribe. Emilio seguía sin saber porque aceptó, en contra de su voluntad, allí estaba tomando copas con el ciguáu (gafe), sin que nada hubiera pasado. Cuando salió de la sidrería nadie lo esperaba tras una hora compartiendo vinos con el aojador, los conocidos que se cruzó parecían atareados. Pasó un año sin que ninguna desgracia se cebara con Emilio, que cacareaba de vencedor de las habladurías sobre Félix, sin que, por mucho empeño que pusiera, lograra desterrar de la mente de los paisanos su enraizada inquina. Dio ejemplo compartiendo copas con Félix en las tres sidrerías, acompañándolo en sus pesquerías, que disfrutaba cerca de los viveros de Emilio, en el punto donde los criaderos sorbían agua al océano. Entre ellos no es que hubiera nacido una amistad, simplemente compartían ratos impulsados por bien distintos motivos: Emilio porque no podía dejar de lado aquel Quijote que llevaba dentro y Félix porque nadie más en el pueblo quería hacerlo. A Emilio económicamente le había ido bien aquel año, había amortizado lo previsto y con otro año acabaría los pagos y vendrían las ganancias, en fin otro año de apretarse el cinturón… Eso pensaba cuando Covadonga, una de sus dos empleadas subió alarmada al despacho. — ¡Don Emilio que se nos mueren los bichos! ¡Por dios venga usted! Emilio bajó hasta las piscinas, efectivamente bogavantes, langostas, centollos y andaricas flotaban en las piscinas cuya agua se veía más turbia… —Consuelo suba hasta la toma de agua a ver qué pasa —mientras mojó la mano y se la llevó a la boca escupiendo inmediatamente— esta agua está contaminada, saquemos cuantos animales podamos… Fue inútil, los crustáceos que no habían muerto se debatían en sus últimos estertores, nada se pudo salvar. —Don Emilio en la boca de entrada no hay nada, aparte… — ¿Aparte de qué Consuelo? —Bueno está Félix lavando unos toneles color butano que ha rescatao del mar. Emilio, presintiendo lo peor salió disparado al exterior, cuando vio a Félix Enjuagando aquello bidones que ostentaban una calavera y dos tibias cruzadas dentro de un triángulo, le gritó con todas sus fuerzas para que se detuviera, Félix se volvió y pudo ver como Emilio no veía llegar el camión de reparto de comestibles.