domingo, 26 de noviembre de 2017

Es la guerra



Se aproximaron con comedidos pasos, quieren aparentar firmeza, se percibe la tensión que acompañará el encuentro.
Sin acordarlo ambos enarbolan una desleída sonrisa con varios objetivos: garantizar una incierta tregua y mostrar la ilusión de un acuerdo inalcanzable.
Acostumbran a choques cuerpo a cuerpo, sin normas, donde todo vale.
La lucha barriobajera es su campo, pero hoy han mostrarse como no son. Es una regla impuesta a su hostilidad.
Sus movimientos transparentan felina desconfianza.
Primera duda: protocolo de salutación, se materializada en improvisada y vacilante coreografía que concluye con un lánguido estrechamiento de manos.
Toman asiento enfrentados a través de una imparcial mesa.
Blanden sus armas, cuentan con variada munición: insolencias para salvas, manidos reproches, infamias, sarcasmos y amenazas para el enfrentamiento y por si llega al cuerpo a cuerpo, calan ironías.
Se atrincheran tras estudiadas indiferencias.
En sus macutos explosivos gritos y cartuchos de insultos, si es necesario gas mentira.
Ambos cuentan, aunque no lo admitan, con armas de destrucción masiva: difamaciones tendenciosas oportunamente murmuradas al oído de sus hijos.
Están preparados para debatir la custodia compartida y la modificación del régimen de visitas a sus hijos.
Es la primera reunión, sin abogados, desde el divorcio.


Alberto Giménez Prieto “Lumbre”
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martes, 7 de noviembre de 2017

¿Por qué conformarse con menos?



Durante cuatro años se limitaron a gastar lo imprescindible para su supervivencia, no fueron al cine, ni a bares, no se hicieron regalos en aniversarios y onomásticas, conservaron el viejo y voluminoso televisor, seguían utilizando la misma ropa que cuatro años atrás, no salían con sus amigos y de vacaciones, nada de nada, por supuesto.
Todos aquellos sacrificios eran imprescindibles para evitar que los gastos les desviaran de su objetivo.
En varias ocasiones pensaron abandonar, sobre todo cuando comprobaban que cuando estaban a punto de reunir el monto necesario para comprar el turismo deseado, este subía de precio y había que seguir escatimando aún un poco más en su, ya espartana, existencia.
Cuando un día llamaron al concesionario y el solícito comercial que los atendía, desde hacía cuatro años, les confirmó precio y existencia del modelo y color que deseaban, después de comprobar que ya disponían de la totalidad del precio, suspiraron y se sintieron inmensamente felices.
Concertaron cita para la tarde siguiente. Por fin, harían suya su ilusión, un turismo de una prestigiosa marca, fue el propósito que les mantuvo unidos durante aquel ascético periodo, cuatro años que les parecieron diez.
Ahora Lola y Manuel ya no tendrían que madrugar tanto, no tendrían que coger el metro, se podrían levantar una hora más tarde, Manuel acercaría a Lola a su trabajo y desde allí iría al suyo en un periquete, llegando más holgado que cuando iba en el metro, y en su propio coche, si propio porque lo pagarían al contado, habían estado ahorrando para eso, para pagarlo al contado y que nadie pudiera quitarles el coche aunque las cosas no les vinieran bien dadas.
Antes de la hora concertada entraron en el concesionario.
El vendedor les esperaba, recostado sobre un coche del tipo del que buscaban, era negro en lugar de blanco, como querían, además era el modelo más potente de la gama y con todos los extras. Ellos querían el básico. Además este no era nuevo, debía tener algún año, a juzgar por la matricula que portaba.
El empleado los recibió con su amplia sonrisa, besó la mano de Lola, la llamaba constantemente señora y a Manuel le anteponía siempre el don. Les dijo que el modelo que buscaban tardaría casi un mes en entrar, especialmente por el color. Se quedaron mudos, abatidos, su ilusión no aguantaba más aplazamientos. Fue el momento que aprovechó el comercial para exhibir su eficaz oratoria hablándoles del coche en que se apoyaba: se trataba de un magnifico kilómetro cero, que de haber sido nuevo multiplicaría por tres el precio del que querían, pero este era un verdadero automóvil, un vehículo de lujo a la altura de unos señores como ellos y apenas usado, solo seis mil y pico kilómetros, a ellos les resultaría solo por el doble de lo que querían gastar, pero el coche instalaba un motor de tres litros y una serie de comodidades y adelantos de los que el otro carecía.
— ¿Por qué conformarse con menos?

Consiguió el comercial que Manuel se sentara a los mandos, dieron una vuelta y Manuel volvió completamente embriagado por las maravillas que le ofrecía aquel vehículo.
— ¿Por qué conformarse con menos?
—Pero solo disponemos de lo que cuesta el modelo básico... —Trató de argüir Lola con un hilo de voz, ella también estaba deslumbrada.
– Para eso estoy yo aquí… ahora mismo hablo con la financiera y les conceden un crédito esta misma tarde y se van a casa con su nuevo coche, como ya está matriculado…
No supieron decir no y, muchas firmas después y el compromiso formal de aportar al día siguiente una montaña de documentos, salieron del concesionario con su maravilloso automóvil.
¿Por qué conformarse con menos?

De eso hacía cinco meses, el despido de Lola y un reajuste de plantilla en el trabajo de Manuel, que redujo su jornada y lo que es peor su salario a la mitad.
Pero no debían ser pesimistas, aunque tuvieran mucho sueño, el metro hoy llegaba puntual.
¿Por qué conformarse con menos?



Alberto Giménez Prieto "Lumbre"

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sábado, 28 de octubre de 2017

¡Hasta ellas se rebelan!




—Estoy harta, no puedo dar un paso sin él y encima no me dice nada.
—Es verdad, andamos siempre pegadas a ellos, yendo donde ellos quieren ir, haciendo lo que ellos quieren, aguantando sus impertinencias, presenciando todos sus actos, hasta los más desagradables y encima nos tratan como si no existiéramos Pasan el día sin mirarnos. Menosprecian nuestras cualidades. Ignoran nuestros deseos. Se desentienden de nosotras apagando la luz. Al menos en el sur se nos aprecia más por ser frescas.
—Y cuando se acuerdan de nosotras es para catalogarnos de buenas o malas según les vaya.
—Solo manifestamos nuestra verdadera grandeza al amanecer y al atardecer
¿Qué vamos a hacer? es lo que tiene ser la sombra de un humano.

sábado, 14 de octubre de 2017

El balcon




Entré en silencio. Ya no olía a mamá, solo a abandono.
Callado, arrastraba la maleta tras padre. Silencioso la abrí, saqué los caritativos testimonios de la acogida temporal. Los guarde ordenados como me enseñó mamá.
Padre, en silencio, desplegó el sofá-cama donde dormiré, igual que la noche que mamá se fue.
También hoy retorna padre, no venía desde que los policías se lo llevaron.
Los guardias que le culparon no han podido demostrárselo al juez.
Miré de soslayo el balcón, balcón por el que mamá se fue. Aquella noche papá y mamá salieron por él, gritos, golpes, el grito, el golpe, solo padre entró.
No dije nada. Seguiré callado, como en el juicio, como siempre, como padre me mandó.
El silencio vela por mi vida desde la noche que perdí a papá y mamá y recuperé a padre, cancerbero perpetuo de mis palabras y mis silencios.

Alberto Giménez Prieto "Lumbre"

Alberto Giménez Prieto “Lumbre”
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jueves, 21 de septiembre de 2017

Un cuento



Érase una vez un país en que todos sus políticos eran honestos, justos, dignos de la confianza depositada en ellos, eran rectos, de trayectorias intachables, justos, racionales aunque sensitivos, prudentes no obstante provistos de audacia, reflexivos pero diligentes, congruentes con los ideales expresados, apasionados pero ponderados, previsores pero sin dobleces, sentían empatía hacia sus administrados, solo prometían lo que pensaban cumplir, vivían únicamente de sus parcos salarios, nunca buscaban protagonismo, ni popularidad, eran entrañables, cordiales, sentimentales pero ecuánimes, ilusionados con sus objetivos, para cuya consecución nunca desmayaban, no se dejaban querer por los mercado, no prevaricaban, ni se veían envueltos en cohechos, jamás mentían, no se sometían a los dictados del capital, aunque este se designara como economía global, no aprovechaban sus cargos para hacer proselitismo, ni se veían inmersos en prácticas de clientelismo, eran vehementes en sus compromisos, no eran sectarios con sus no votantes, siempre estaban en sus puestos, en cualquier momento recibían a sus administrados y les explicaban la labor que desarrollaban, no despotricaban cuando se les observaba algún error y ante todo eran eruditos, cultos instruidos y estudiosos. Dicen que ese pueblo vivió feliz a lo largo de toda su historia.
—Y eso ¿es un cuento?
— ¿Tu qué crees?
—Chino oiga.

Alberto Giménez Prieto “Lumbre”

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jueves, 14 de septiembre de 2017

Un agradable recuerdo



Él, atónito, la miraba sin que su rostro denotara ninguna de las emociones que se habrían despertado en su interior tras las palabras de ella. La escuchaba atentamente, solo se le oía a ella, aunque como fondo parecía oírse el ruido de las neuronas de él trabajando a todo vapor.
—Quiero que entiendas —insistía ella— que el deseo que me guía es en bien de ambos y para que no se malogre es preciso que guardemos un buen recuerdo de nuestra relación. ¿Lo comprendes? para mí siempre fue imprescindible guardar un buen recuerdo de las relaciones que he ido manteniendo, hemos estado juntos más de cinco años y esa no es una experiencia como para tirarla por el sumidero, debemos conservar el recuerdo de esa unión con sumo cariño, es uno de nuestros tesoros. Hay que velar por los recuerdos agradables.
Calló y se quedó mirándolo, esperando que él dijera algo al respecto, pero él permanecía silente, imperturbable, aunque parecía que en su rostro empezara a brotar un amago de escéptica sonrisa
—Ahora comienza para nosotros una nueva etapa —continuó ella—. La vida es así, he sido yo, como podías haber sido tu, quien encontrara una relación que más satisfactoria, ¿Qué vamos a hacerle? Las cosas vienen así, yo lo hubiera comprendido si me lo hubieras planteado tú. ¿Qué opinas?
—Creo que lo que pretendes es despedirte, no plantear un referéndum. Tú ya has decidido lo que vas a hacer y sobre eso no tengo derecho a opinar, opinaré o no sobre lo que me interesa hacer a mí.
— ¿Me tendrás al corriente?
— ¿Es necesario?
—Creo que aparte de un buen recuerdo deberíamos mantener una comunicación… fluida, para que el recuerdo no se deteriorase.
Mientras ella hablaba, la expresión de él, a pesar de la incipiente sonrisa, se había ido endureciendo, hasta límites, que de haberse fijado ella, la habría alarmado, pero la atención de ella revoloteaba entre las maletas situadas sobre la cama y la pantalla de su móvil, que aún descansaba sobre el sifonier de roble, sobre el que había colgada aquella fotografía de grandes dimensiones en que la sonrisa de ambos competía en luminosidad con una puesta de sol de estudio que había a us espaldas, era la fotografía que había presidido gran parte de su vida, especialmente la parte más íntima de ella, era la primera imagen con que se encontraban al despertar o al concluir sus encuentros sexuales. Era un regalo que ella le hizo a él al poco de empezar la convivencia: fue cuando paseaban por el centro de la ciudad henchidos por su recién estrenado amor, ella al pasar ante un conocido estudio fotográfico, inesperadamente, lo empujó dentro y plasmaron la felicidad que desbordaban sus rostros en una foto de unas dimensiones tales que hubieron de recurrir a medios ajenos para transportarla a su nido de amor.
— ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—Estoy pensando que si lo que deseas es un buen recuerdo puedes llevarte esa monstruosa fotografía aunque creo que te podré ofrecer un mejor y más agradable recuerdo, uno de los que duran toda la vida.
Ella no comprendió lo que quería decirle, pero tampoco le preocupó demasiado no entenderlo estaba pendiente del poco tiempo que le quedaba hasta que llegara su nuevo amor a recogerla y las muchas cosas que aún tenía por preparar.

Él salió de la alcoba, sin mediar ni un reproche, casi sin que ella lo advirtiera y se dirigió a la única habitación de la casa que había conservado para su uso exclusivo: allí estaban todos los objetos relacionados con sus devociones, su emisora de radioaficionado, su banco de carpintero, sus discos de vinilo, los álbumes de equipos de futbol de su niñez… y su escopeta de caza. Abrió el armario de seguridad donde la guardaba, la sacó, desmontada como estaba, con mucho cuidado, se podría decir que con mimo la fue montando, comprobando al mismo tiempo su estado y limpieza, seguía igual que como la había guardado la última vez, hacía ya mucho tiempo, aun así retiró, con mucho cuidado, alguna mota de polvo, más imaginario que real, luego abrió el candado de una caja metálica que ocupaba la parte baja del armario, sacó distintas cajas de munición del 12, hasta que bajo todas ellas apareció una pequeña caja metálica, la abrió: contenía cuatro cartuchos, los observo con sumo cuidado, eligió dos de ellos, los limpió cuidadosamente con un trapo, cuando consideró que estaban todo lo limpios que podían estar los introdujo en la recamara de la escopeta, cerró esta, le paso el trapo por una imaginaria mancha en el guardamontes, miró a su alrededor, como comprobando que cada cosa permanecía en su sitio, cerró concienzudamente el armario del que había sacado el arma y con ella bajo el brazo volvió a la habitación en que la dejó preparando el equipaje.
Había terminado de preparar las tres grandes maletas, las había cerrado y estaban apiladas a los pies del lecho, en que tantos gozosos momentos habían disfrutado, estaba de espaldas a él y sin volverse le dijo:
—Me ayudaras a bajarlas ¿Verdad? Mañana o pasado volveré con ayuda para llevarme el resto de mis cosas.
Al volverse lo vio empuñando aquella horrible escopeta, palideció súbitamente, quiso decir algo, no pudo, se llevó las manos al rostro, tratando de protegérselo, trató de apartarse de él, retrocedió dando traspiés, tropezó con las maletas, cayó sobre la cama y sin poder apartar la mirada de aquellos dos negros agujeros.
— Te voy a complacer ¿Querías un recuerdo agradable? A ver si te sirve este…
Apoyó el cañón de la escopeta bajo su propia barbilla… los disparos lo llenaron todo… cuando el ruido se disipó pudo oírse el lastimero llanto de ella que no quería apartar la vista del rojo brochazo que atravesaba la fotografía, para no tener que ver el cuerpo tendido en el suelo.


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