martes, 7 de noviembre de 2017

¿Por qué conformarse con menos?



Durante cuatro años se limitaron a gastar lo imprescindible para su supervivencia, no fueron al cine, ni a bares, no se hicieron regalos en aniversarios y onomásticas, conservaron el viejo y voluminoso televisor, seguían utilizando la misma ropa que cuatro años atrás, no salían con sus amigos y de vacaciones, nada de nada, por supuesto.
Todos aquellos sacrificios eran imprescindibles para evitar que los gastos les desviaran de su objetivo.
En varias ocasiones pensaron abandonar, sobre todo cuando comprobaban que cuando estaban a punto de reunir el monto necesario para comprar el turismo deseado, este subía de precio y había que seguir escatimando aún un poco más en su, ya espartana, existencia.
Cuando un día llamaron al concesionario y el solícito comercial que los atendía, desde hacía cuatro años, les confirmó precio y existencia del modelo y color que deseaban, después de comprobar que ya disponían de la totalidad del precio, suspiraron y se sintieron inmensamente felices.
Concertaron cita para la tarde siguiente. Por fin, harían suya su ilusión, un turismo de una prestigiosa marca, fue el propósito que les mantuvo unidos durante aquel ascético periodo, cuatro años que les parecieron diez.
Ahora Lola y Manuel ya no tendrían que madrugar tanto, no tendrían que coger el metro, se podrían levantar una hora más tarde, Manuel acercaría a Lola a su trabajo y desde allí iría al suyo en un periquete, llegando más holgado que cuando iba en el metro, y en su propio coche, si propio porque lo pagarían al contado, habían estado ahorrando para eso, para pagarlo al contado y que nadie pudiera quitarles el coche aunque las cosas no les vinieran bien dadas.
Antes de la hora concertada entraron en el concesionario.
El vendedor les esperaba, recostado sobre un coche del tipo del que buscaban, era negro en lugar de blanco, como querían, además era el modelo más potente de la gama y con todos los extras. Ellos querían el básico. Además este no era nuevo, debía tener algún año, a juzgar por la matricula que portaba.
El empleado los recibió con su amplia sonrisa, besó la mano de Lola, la llamaba constantemente señora y a Manuel le anteponía siempre el don. Les dijo que el modelo que buscaban tardaría casi un mes en entrar, especialmente por el color. Se quedaron mudos, abatidos, su ilusión no aguantaba más aplazamientos. Fue el momento que aprovechó el comercial para exhibir su eficaz oratoria hablándoles del coche en que se apoyaba: se trataba de un magnifico kilómetro cero, que de haber sido nuevo multiplicaría por tres el precio del que querían, pero este era un verdadero automóvil, un vehículo de lujo a la altura de unos señores como ellos y apenas usado, solo seis mil y pico kilómetros, a ellos les resultaría solo por el doble de lo que querían gastar, pero el coche instalaba un motor de tres litros y una serie de comodidades y adelantos de los que el otro carecía.
— ¿Por qué conformarse con menos?

Consiguió el comercial que Manuel se sentara a los mandos, dieron una vuelta y Manuel volvió completamente embriagado por las maravillas que le ofrecía aquel vehículo.
— ¿Por qué conformarse con menos?
—Pero solo disponemos de lo que cuesta el modelo básico... —Trató de argüir Lola con un hilo de voz, ella también estaba deslumbrada.
– Para eso estoy yo aquí… ahora mismo hablo con la financiera y les conceden un crédito esta misma tarde y se van a casa con su nuevo coche, como ya está matriculado…
No supieron decir no y, muchas firmas después y el compromiso formal de aportar al día siguiente una montaña de documentos, salieron del concesionario con su maravilloso automóvil.
¿Por qué conformarse con menos?

De eso hacía cinco meses, el despido de Lola y un reajuste de plantilla en el trabajo de Manuel, que redujo su jornada y lo que es peor su salario a la mitad.
Pero no debían ser pesimistas, aunque tuvieran mucho sueño, el metro hoy llegaba puntual.
¿Por qué conformarse con menos?

sábado, 28 de octubre de 2017

¡Hasta ellas se rebelan!




—Estoy harta, no puedo dar un paso sin él y encima no me dice nada.
—Es verdad, andamos siempre pegadas a ellos, yendo donde ellos quieren ir, haciendo lo que ellos quieren, aguantando sus impertinencias, presenciando todos sus actos, hasta los más desagradables y encima nos tratan como si no existiéramos Pasan el día sin mirarnos. Menosprecian nuestras cualidades. Ignoran nuestros deseos. Se desentienden de nosotras apagando la luz. Al menos en el sur se nos aprecia más por ser frescas.
—Y cuando se acuerdan de nosotras es para catalogarnos de buenas o malas según les vaya.
—Solo manifestamos nuestra verdadera grandeza al amanecer y al atardecer
¿Qué vamos a hacer? es lo que tiene ser la sombra de un humano.

sábado, 14 de octubre de 2017

El balcon




Entré en silencio. Ya no olía a mamá, solo a abandono.
Callado, arrastraba la maleta tras padre. Silencioso la abrí, saqué los caritativos testimonios de la acogida temporal. Los guarde ordenados como me enseñó mamá.
Padre, en silencio, desplegó el sofá-cama donde dormiré, igual que la noche que mamá se fue.
También hoy retorna padre, no venía desde que los policías se lo llevaron.
Los guardias que le culparon no han podido demostrárselo al juez.
Miré de soslayo el balcón, balcón por el que mamá se fue. Aquella noche papá y mamá salieron por él, gritos, golpes, el grito, el golpe, solo padre entró.
No dije nada. Seguiré callado, como en el juicio, como siempre, como padre me mandó.
El silencio vela por mi vida desde la noche que perdí a papá y mamá y recuperé a padre, cancerbero perpetuo de mis palabras y mis silencios.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Un cuento



Érase una vez un país en que todos sus políticos eran honestos, justos, dignos de la confianza depositada en ellos, eran rectos, de trayectorias intachables, justos, racionales aunque sensitivos, prudentes no obstante provistos de audacia, reflexivos pero diligentes, congruentes con los ideales expresados, apasionados pero ponderados, previsores pero sin dobleces, sentían empatía hacia sus administrados, solo prometían lo que pensaban cumplir, vivían únicamente de sus parcos salarios, nunca buscaban protagonismo, ni popularidad, eran entrañables, cordiales, sentimentales pero ecuánimes, ilusionados con sus objetivos, para cuya consecución nunca desmayaban, no se dejaban querer por los mercado, no prevaricaban, ni se veían envueltos en cohechos, jamás mentían, no se sometían a los dictados del capital, aunque este se designara como economía global, no aprovechaban sus cargos para hacer proselitismo, ni se veían inmersos en prácticas de clientelismo, eran vehementes en sus compromisos, no eran sectarios con sus no votantes, siempre estaban en sus puestos, en cualquier momento recibían a sus administrados y les explicaban la labor que desarrollaban, no despotricaban cuando se les observaba algún error y ante todo eran eruditos, cultos instruidos y estudiosos. Dicen que ese pueblo vivió feliz a lo largo de toda su historia.
—Y eso ¿es un cuento?
— ¿Tu qué crees?
—Chino oiga.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un agradable recuerdo



Él, atónito, la miraba sin que su rostro denotara ninguna de las emociones que se habrían despertado en su interior tras las palabras de ella. La escuchaba atentamente, solo se le oía a ella, aunque como fondo parecía oírse el ruido de las neuronas de él trabajando a todo vapor.
—Quiero que entiendas —insistía ella— que el deseo que me guía es en bien de ambos y para que no se malogre es preciso que guardemos un buen recuerdo de nuestra relación. ¿Lo comprendes? para mí siempre fue imprescindible guardar un buen recuerdo de las relaciones que he ido manteniendo, hemos estado juntos más de cinco años y esa no es una experiencia como para tirarla por el sumidero, debemos conservar el recuerdo de esa unión con sumo cariño, es uno de nuestros tesoros. Hay que velar por los recuerdos agradables.
Calló y se quedó mirándolo, esperando que él dijera algo al respecto, pero él permanecía silente, imperturbable, aunque parecía que en su rostro empezara a brotar un amago de escéptica sonrisa
—Ahora comienza para nosotros una nueva etapa —continuó ella—. La vida es así, he sido yo, como podías haber sido tu, quien encontrara una relación que más satisfactoria, ¿Qué vamos a hacerle? Las cosas vienen así, yo lo hubiera comprendido si me lo hubieras planteado tú. ¿Qué opinas?
—Creo que lo que pretendes es despedirte, no plantear un referéndum. Tú ya has decidido lo que vas a hacer y sobre eso no tengo derecho a opinar, opinaré o no sobre lo que me interesa hacer a mí.
— ¿Me tendrás al corriente?
— ¿Es necesario?
—Creo que aparte de un buen recuerdo deberíamos mantener una comunicación… fluida, para que el recuerdo no se deteriorase.
Mientras ella hablaba, la expresión de él, a pesar de la incipiente sonrisa, se había ido endureciendo, hasta límites, que de haberse fijado ella, la habría alarmado, pero la atención de ella revoloteaba entre las maletas situadas sobre la cama y la pantalla de su móvil, que aún descansaba sobre el sifonier de roble, sobre el que había colgada aquella fotografía de grandes dimensiones en que la sonrisa de ambos competía en luminosidad con una puesta de sol de estudio que había a us espaldas, era la fotografía que había presidido gran parte de su vida, especialmente la parte más íntima de ella, era la primera imagen con que se encontraban al despertar o al concluir sus encuentros sexuales. Era un regalo que ella le hizo a él al poco de empezar la convivencia: fue cuando paseaban por el centro de la ciudad henchidos por su recién estrenado amor, ella al pasar ante un conocido estudio fotográfico, inesperadamente, lo empujó dentro y plasmaron la felicidad que desbordaban sus rostros en una foto de unas dimensiones tales que hubieron de recurrir a medios ajenos para transportarla a su nido de amor.
— ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—Estoy pensando que si lo que deseas es un buen recuerdo puedes llevarte esa monstruosa fotografía aunque creo que te podré ofrecer un mejor y más agradable recuerdo, uno de los que duran toda la vida.
Ella no comprendió lo que quería decirle, pero tampoco le preocupó demasiado no entenderlo estaba pendiente del poco tiempo que le quedaba hasta que llegara su nuevo amor a recogerla y las muchas cosas que aún tenía por preparar.

Él salió de la alcoba, sin mediar ni un reproche, casi sin que ella lo advirtiera y se dirigió a la única habitación de la casa que había conservado para su uso exclusivo: allí estaban todos los objetos relacionados con sus devociones, su emisora de radioaficionado, su banco de carpintero, sus discos de vinilo, los álbumes de equipos de futbol de su niñez… y su escopeta de caza. Abrió el armario de seguridad donde la guardaba, la sacó, desmontada como estaba, con mucho cuidado, se podría decir que con mimo la fue montando, comprobando al mismo tiempo su estado y limpieza, seguía igual que como la había guardado la última vez, hacía ya mucho tiempo, aun así retiró, con mucho cuidado, alguna mota de polvo, más imaginario que real, luego abrió el candado de una caja metálica que ocupaba la parte baja del armario, sacó distintas cajas de munición del 12, hasta que bajo todas ellas apareció una pequeña caja metálica, la abrió: contenía cuatro cartuchos, los observo con sumo cuidado, eligió dos de ellos, los limpió cuidadosamente con un trapo, cuando consideró que estaban todo lo limpios que podían estar los introdujo en la recamara de la escopeta, cerró esta, le paso el trapo por una imaginaria mancha en el guardamontes, miró a su alrededor, como comprobando que cada cosa permanecía en su sitio, cerró concienzudamente el armario del que había sacado el arma y con ella bajo el brazo volvió a la habitación en que la dejó preparando el equipaje.
Había terminado de preparar las tres grandes maletas, las había cerrado y estaban apiladas a los pies del lecho, en que tantos gozosos momentos habían disfrutado, estaba de espaldas a él y sin volverse le dijo:
—Me ayudaras a bajarlas ¿Verdad? Mañana o pasado volveré con ayuda para llevarme el resto de mis cosas.
Al volverse lo vio empuñando aquella horrible escopeta, palideció súbitamente, quiso decir algo, no pudo, se llevó las manos al rostro, tratando de protegérselo, trató de apartarse de él, retrocedió dando traspiés, tropezó con las maletas, cayó sobre la cama y sin poder apartar la mirada de aquellos dos negros agujeros.
— Te voy a complacer ¿Querías un recuerdo agradable? A ver si te sirve este…
Apoyó el cañón de la escopeta bajo su propia barbilla… los disparos lo llenaron todo… cuando el ruido se disipó pudo oírse el lastimero llanto de ella que no quería apartar la vista del rojo brochazo que atravesaba la fotografía, para no tener que ver el cuerpo tendido en el suelo.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Reseña sobre Colección de Quimeras y Momentos






¡Albricias! 

En esta ocasión alguien nos sorprende con algo infrecuente hoy en día, con una obra escrita para el lector activo o, como se diría en la actualidad, una obra interactiva, se trata de una lectura que sin dejar de serlo nos  sumerge en una serie de deducciones, se convierte en investigación, en una aventura... Ideal para el lector perspicaz

 Se trata de una colección, como la propia autora denomina, de breves textos, perfectamente zanjados, a pesar de su concisión, que describen con un vocabulario lirico a la vez que preciso las sensaciones de la autora frente a unas propuestas infundadas o unos hechos cotidianos, según la parte del libro en que nos hallemos.
La autora pretende  que el lector colabore con ella en la trascendencia de la obra, no por incompleta que, como hemos dicho, no lo está, sino para establecer una complicidad en el completo entendimiento de lo tratado, de cuya concreta identidad  ella alivió el título de cada capítulo de  la misma. El lector, abstrayéndose de la cotidiana rutina, puede captar el completo significado del escrito, al que se ha despojado de toda la palabrería baldía con que solemos describirlo, buscando referir solo su permanencia, su esencia.
Inicia la obra con una introducción reveladora de lo que nos espera y que desde su comienzo nos guía: “La mente reflexiona cuando, libre del entorno que la engulle, tuerce su mirada censurada”  la regla es clara: debemos desvincularnos de todas la distracciones que propicia el contexto en que nos desenvolvemos y centrarnos en lo que nos narra.
Designa los capítulos simplemente con numeración romana y entra directamente a describir, sin anunciar, lo que pretende, ensoñación u observación, dejándonos los datos esenciales y precisos del tema, no duda en ir desgranando indicios que como migas de pan nos encaminaran a lo largo del relato y nos conducirán a su entera comprensión.
Para esta nos deja meridianamente claras las pautas de lectura y después de las rúbricas de las dos partes en que divide el libro, nos da la clave de lo que vamos a leer: antes de la parte dedicada a las quimeras nos describe globalmente el advenimiento de esa parte del libro “imagen atrapada de escurridizos delirios. Donde se aleja la vigilia y se posterga la cordura”, con lo que nos anticipa, o recuerda, los materiales con se construyen las quimeras y entona el espíritu del lector para seguir en su lectura.
Cuando pasados quince capítulos entremos en el terreno de los momentos, también encontraremos las palabras mágicas que dan la clave de su lectura “Inequívoco ahora de elocuente turbación. Vacío infinito de exhausto discernir”  nos adelanta que entramos en la interpretación que la autora hace, no ya sobre ensoñaciones o propuestas imposibles, sino sobre experiencias y vivencias cotidianas, tratadas con el mismo sigilo que utilizó para las quimeras, aunque en este caso al tratarse de hechos más objetivos, más arraigados, nos resultaran más rápidamente identificables.  
La intención de la autora queda patente en el capítulo XIX, de los momentos, penúltimo de la obra, cuando al diferenciar sobre búsqueda y encuentro nos pone sobre la pista de la lectura que precisa este libro que transita entre las permanencias, lo invariable de sueños, realidades y la cotidianeidad de hipocresía y embuste. Necesita esta obra de una lectura activa, en búsqueda, evitando la pasiva del encuentro.
Es la “búsqueda” del lector, mediante una atenta lectura, un espíritu deductivo e interpretativo de lo que se lee, lo que precisa esta breve aventura literaria, en la que el lector, junto a la autora se convierten en protagonistas.
Todos los capítulos, sean de quimeras o momentos, resultan de la introspección de la autora que, como no podía ser de otra forma, termina abrumada por las miradas que confluyen en ella, en su interior, aunque admite que esa confluencia de miradas, que ella permitió e incluso pretendió,  en nada varían el rutinario devenir del mundo exterior.
Se trata de una obra rompedora con lo que estamos acostumbrados a leer últimamente y que incita a relecturas de la misma. Muy recomendable.
     Alberto Giménez Prieto

domingo, 27 de agosto de 2017

El día más feliz de mi vida



—Quiero denunciar a la iglesia, a los curas, a las monjas, al Papa de Roma y a la madre que los parió.
—Tranquilízate Fermín, ¿qué te ocurre?
—Me ocurre que me he pasado la vida atormentado por unas mentiras.
—Explícate.
El rostro del anciano mostró un adelanto del alivio que le suponía contarme aquello que lo reconcomía, se arrellanó en el asiento, rompiendo la provisionalidad con que se había sentado, se humedeció los labios, miró un punto del techo, que no logré identificar, e inició el relato.
—Contaba con siete años recién estrenados, estudiaba mi último año en las monjas, no se nos permitía más a los varones, la Primera Comunión era el hito delimitador y la tomaría al día siguiente. Hasta entonces siempre fui un crio alegre, despierto y espontaneo, quizá demasiado espontaneo en un sitio en que las sores se volcaban más en nuestra preparación para recibir el sacramento, que en que aprendiéramos las letras y los números, que era por lo que nos habían metido allí.
Comprueba mi atención.
—Nosotros, por el contrario, en lo que más empeño poníamos era en jugar, la primera obligación de cualquier niño, en las horas que nos lo permitían… también en las otras. Para las monjas no existía otro horizonte que imbuir en nuestras tiernas entendederas, aquellas tenebrosas y amenazantes cantinelas, que, sin entenderlas almacenábamos envueltas en el temor que nos despertaban. Eran nombres de conceptos desconocidos, aunque memorizados: redentor, pecado, pureza, obediencia, misa, espíritu santo, cruz, condenación, arrepentimiento, condena eterna, malas compañías, arrepentimiento, propósito de enmienda, infierno, acto de contrición y otras muchas tonterías que se amalgamaban con los miedos que nos espoleaban sus prédicas.
Tenía en sus manos un pequeño libro con pastas de nácar y cierre sobredorado.
—Era la víspera del que sería, según las monjas, el día más feliz de nuestra vida y tuvimos que hacer el primer pago de esa felicidad: había que confesarse. Yo me pregunto ¿qué podía confesar un crio con siete años recién cumplidos? El mismo sacerdote que nos preparaba para “el día más feliz de mi vida” —un capellán militar, que con bolos como aquellos ampliaba su peculio— nos informó de los pecados que habíamos cometido: ser desobedientes, rebeldes, mal hablados y rencorosos. Mientras esperábamos ante el confesionario nuestro turno podía vérsenos memorizar aquellos “pecados”, que contábamos ayudados con los dedos, tratando de no olvidarlos.
Sobre la cubierta del librillo un grabado religioso, bajo él se leía “mi primera comunión”.
—Llegó mi turno, me postré ante aquella cueva oscura y el cura, menos severo que usualmente dedicó más atención al contorno de mi rostro, que recorría manualmente una y otra vez, como si fuera ciego, que a lo que yo le decía. Una vez me hubo sobado, a conciencia, por supuesto, me absolvió y se ofreció a ser mi director espiritual para que acudiera a él en cualquier dificultad que pudiera experimentar, era muy amable y acercaba mucho su boca a la mía. Olía como papá cuando comía paella y tomaba vino los domingos.
Respiró hondo, a pesar de lo remoto de los hechos que relataba se le percibía intensamente acongojado.
—Después salí al patio. Marisa, una niña, amiga mía, que tomaría la comunión conmigo, estaba en la fuente, con la boca abierta, tratando de encauzar el chorro de agua que manaba del caño de bronce, como no llegaba tenía que apoyar su vientre en el borde de la pila presentando sus convexas nalgas cubiertas, por supuesto, por la mojigata falda del uniforme, a la malicia de los que por allí pasábamos.
Dejó el pequeño libro sobre la mesa, a mi alcance.
—Como dije, yo era muy impulsivo y no pude remediarlo y de un manotazo le levante la falda, dejando al descubierto unos discretísimos pololos, ella se revolvió encorajinada porque mi maniobra consiguió que se le mojara el cabello, arreglado para el día siguiente, me persiguió por todo el patio, como era normal entre nosotros, hasta que rendidos por el esfuerzo, nos dejamos caer junto al limonero y dedicamos las pocas fuerzas que nos quedaban a reír. Hasta allí se acercó una de las niñas mayores y me dijo que debía confesarme de lo que acababa de hacer: era un acto impuro.
La sonrisa que ha aparecido en su rostro no elimina completamente un pesar añejo que se esconde su mirada.
—Nos miramos Marisa y yo, volvimos a reír aunque menos jovialmente. Todas aquellas consignas sectarias que habían estado sembrando en nuestro ingenuo caletre eran el caldo de cultivo apropiado y terminó con nuestra alegría. En mi impresionable mente, empezaron a revolotear aquellos conceptos apocalíptico-religiosos que nos habían inculcado, sobre todos ellos sobrevolaba el más negro de todos: el SACRILEGIO.

Miré alternativamente el objeto y a su propietario, por la expresión del segundo entendí que debía tomar el primero, antes de que pudiera abrirlo reanudó el relato.
—Pensé en volver a confesarme, pero ¿De qué? No sabía de qué debía confesarme, si de haberle dado un manotazo a la falda, de haber mojado el peinado de Marisa o de habernos reído. Además me daba asco acercarme al capellán, era muy sobón y le había robado el olor a mi padre. El cura pasó poco después ante nosotros de camino a la calle. Ya no había posibilidad de confesión. Lo que me dijo la niña mayor fue como una bola de nieve que fue creciendo en mi pensamiento, pronto sus límites quedaron claros: el pecado era no haberme confesado de un pecado que no conseguía identificar y haber comulgado. Acabó convirtiéndose en un trauma que tardaría más de tres lustros en superar. La víspera del día más feliz de mi vida no pude dormir. Supe que estaba condenado al infierno sin remisión si tomaba la comunión. Pero no tomarla era defraudar a mi familia por la ilusión y los medios que habían puesto para que la tomara, si la tomaba estaría cometiendo un sacrilegio y nada podría salvarme del infierno. Al día siguiente tomé la primera comunión sin haberme confesado.
—Y no pasó nada ¿verdad?
—Ahora sé que no pasa nada, pero sería demasiado doloroso relatarte todos los sufrimientos que arrastré hasta que ya entrado en la veintena comprendí que aquello, como todos los ardides de las religiones, no era sino una forma de someternos, de aquietarnos. ¿Quién me va a compensar el sufrimiento que almacené durante esos lustros?
—Esa denuncia no tiene recorrido jurídico, no va a ninguna parte.
—Ya lo sé.
—Sí lo sabes porque has venido a contarme esa historia.
—Eres abogado ¿no?
—Sí.
— ¿Debes guardar el secreto de lo que se te consulta?
—Por supuesto.
—Pues eso, que desde hace sesenta años necesitaba confesarme, aunque fuera por lo civil y esto ha sido una confesión...
Abrí el pequeño misal, sus hojas estaban muy arrugadas y emborronadas por la humedad. Miré a Fermín y sus lágrimas dieron cumplida explicación del estado del pequeño libro.